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Estábamos otra vez
entre dos vidas
hurgándonos las narices
y meneando el falo.
Las niñas
como frutas prohibidas
disparaban hormonas
y comían manzanas
entre si dieta permanente.
Y la vecina
siempre ella
enseñaba principios
y rápidos finales
de besos exploratorios
sobre sus senos diminutos.
Todo era tan bello
que ni el sexo existía.
Algunos poemas de amor
sobre la estera del deseo
y mil sueños de fotograma
ante la barba incipiente
de tres pelos y medio.
La vida
la otra
mezquina y cruel
no daría tregua
y esperaba simplemente
tras la tienda de dulces
allí en la esquina.
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