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Los cuerpos
todavía recordaban
el sedimento húmedo
del deseo.
El sexo
con sus trompetas ya caídas
de mil guerras perdidas
se hundía inconsciente
entre brazos tendidos
y una madrugada cómplice.
Todo
en reposo dormido
esperaba sin pasión
el alterno paso del tiempo.
El silencio
de mil sábanas asustadas
se adueñaba de todo lo visto
y solo el amor
ese algo inerte
más allá de nosotros mismos
permanecía vivo
en medio del desorden.
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