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Yo, de España
siempre supe poco.
Me sorprendía de niño
el ronco crepitar de los vasos
sobre la mesa puesta
al paso de los trenes de carbón
y el vaho visitante de los cristales
en la lengua del invierno.
Se soñaba apresuradamente
en los pupitres infantiles
alguna conquista sin tregua
el olor a incienso de las sotanas
y el sexo sin fortuna de los ángeles.
Tan extranjero era
de todo aquello
que otros libros extraños
me truncaban la cabeza
entre juegos de desvanes
y niñas sin cortesía.
La vida del pastizal autóctono
siempre pasó sin atención
bajo mi higuera de melancolía.
Y su relatorio
espejismo insatisfecho
aburrido pastoso y sin seña
de la historia mil veces comentada
se replanteaba y relamía
como un niño aburrido de haber nacido
pedazos de razas y esencias
bisturís cortando míticas tierras
y un maratón de banderas sin pleitesía.
Por higiene
sin mucha alevosía
me arrimaba tímido
a los nuevos tiempos de ocasión
democracia de aluvión
con pasquines a todo trapo
y el corazón en alto
de algo nuevo por llegar.
Ahora ya
ungido por la distancia
tengo la culpa de no haber sido
y desde este trono vacío
de la otra españa
abismo de nostalgia hechicera
remiendo descosido del desposeído
puedo decir y pienso
de esta tierra de trigo y vino
que haber sólo hay una:
la de fuera.
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